El Perdón

El perdón, esa palabra y ese acto que tenemos en mente y que se asocia normalmente en algo divino o a situaciones en que uno es quien tiene ese poder de dar a quien se lo “merece”, y según nuestro juicio. Solemos creer, porque así lo hemos aprendido y nos lo han enseñado, que el perdón es un acto de bondad. Pues nada es falso ni verdadero si pensamos más profundamente, y el perdón no escapa tampoco a esa conjetura.. El punto es entender en el arraigo menos evidente en que el perdón verdadero yace, es en nuestro propio ser, y ha estado ahí desde siempre; pero suele ser difícil ejecutarlo porque hemos aprendido a hacer justamente esos juicios que hacen las diferencias y nos separa entre unos y otros. Alejándonos proporcionalmente de toda su esencia en el transcurso del tiempo. Esa esencia más pura por la que se originó, el amor.

Sin el perdón, la culpa – ese sentimiento de deuda hacia los demás y, sobre todo, hacia uno mismo – nos gobierna y limitará el desarrollo natural de nuestro ser en esta vida. 

Entonces, ¿cómo podemos perdonar a otros y a nosotros mismos para eliminar la culpa de nuestras vidas?

Primero, y lo más obvio, es desearlo con todo el corazón. Y es desde ese primer paso del deseo que nos abriremos para observar las situaciones que merecen el perdón, entenderlas y ponerse en el lugar del otro. Eso es muy importante para explicarnos a nosotros mismos esas situaciones. Entender que existen situaciones que no pueden ser de otra manera, que ciertas condiciones de la vida, nuestra cultura o simplemente nuestra geográfica, confluyen en que algunas cosas simplemente sucedan por qué es ahí que deberemos aprender algo, nuestro propósito. Comprender eso es ya un primer paso. Nuestras almas nacen felices, y ser feliz es nuestro propósito en esta vida, es por tal motivo que el perdón hacia uno mismo primero, y hacia el prójimo después, es tan importante para cerrar los círculos y liberarnos de culpas y deudas que sin el perdón nos dejan atrapados en esas situaciones. 

Somos parte de un todo, del prójimo, de nuestros padres, hijos y nietos. Nuestras acciones confluyen y manifiestan consecuencias que tienen sólo una causa que pertenece a perspectivas diferentes pero que se sostienen en un solo pilar fundamental. Ese patrón que da paso a actos del perdón mismo, el dar gracias y tener la capacidad de comprender la vida del otro. Movidos por una sola cosa que pareciera sólo ser una brisa, pues la sentimos pero no la vemos y quizás tan fina como el aleteo de una mariposa; y mientras esa brisa la sintamos, podremos estar seguros que el perdón existe, porque esa brisa, esa luz o esa partícula que enciende todo y apaga todo no es más que el amor infinito que sentimos por nosotros mismos. Todo se hace por amor, y eso siempre merecerá perdón, porque somos parte de un todo.

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